viernes, 6 de enero de 2017

El cable y el lobo

            Los vivaces ojos del pequeño Luis escudriñaban el exterior con insistencia, tratando de ver más allá de lo que la ventisca permitía. El viento rugía, golpeando con fuerza los postigos, cuyas rudimentarias bisagras resistían a duras penas. Los copos de nieve formaban remolinos que teñían el panorama de un blanco impenetrable antes de depositarse sobre la ya espesísima capa que cubría todo el pueblo. El gélido invierno parecía querer colarse al interior, dónde sólo la cocina de leña con su crepitar otorgaba a la estancia cierta calidez.

            Acurrucado dentro de su chaquetón trataba de mantener el poco calor que su pequeño cuerpo desprendía mientras desoía una y otra vez los consejos de su madre, que le instaba a acercarse al hogar con los demás. Él, sin embargo, proseguía su incansable guardia, con su mirada fija en la ventana, interrumpiéndose sólo de vez en cuando para calentar sus delicadas manos con su aliento.

            Pese a su corta edad recordaba otros inviernos, y también habían sido duros –siempre lo eran en aquella pequeña aldea-, no obstante él estaba convencido de que este era peor. Estaba absolutamente convencido de que esta Navidad iba a ser imposible que los Reyes Magos llegaran al pueblo, ¿cómo diablos iban a hacerlo si hasta el maestro llevaba una semana sin acudir a la escuela? ¿Acaso iban a poder atravesar la nevada unos camellos acostumbrados al calor del desierto si él no había podido ni cruzar la calle con su caballo? Era imposible, se repetía una y otra vez. Imposible. Y además con aquel frío. Suponiendo que lograsen subir el puerto y atravesar la nieve -lo que ya era mucho suponer-, no había forma de que consiguiesen arrastrar el cargamento y soportar toda la noche repartiendo a la intemperie; las vacas durmiendo en la cuadra por necesidad y tres magos extranjeros a la fresca. Qué barbaridad. Morirían ateridos, y aquello sí que sería una catástrofe. Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente congelados en su pueblo. Qué desgracia. Pero no tenía por qué preocuparse, no eran estúpidos, ni siquiera lo intentarían.

            Esa misma tarde había compartido su desazón con su madre. Ella le había respondido que no tenía de qué preocuparse, que Sus Majestades conseguirían alcanzar su casa de una manera o de otra, eran unos venerable magos al fin y al cabo. Luis había replicado con una interminable perorata en la que exponía sus convicciones acerca de por qué aquella era una empresa imposible, hablando con una mezcla de tristeza y resignación, con una mirada vidriosa pero serena, impropia de su corta edad. Su madre le acogió en su regazo y tomó un paño con el que hizo el gesto de secar sus aún ausentes lágrimas. Retirándole el pelo por detrás de sus grandes orejas le habló. Le contó cómo había visto peores nevadas, más fuertes vendavales. Recordaba un año en el que la ventisca se llevó por delante incluso la puerta del pajar, que quedó bloqueada por la nieve durante una semana. Y aún así los Reyes habían venido. Aquellos hombres tenían ropajes que les protegían del helador frío hechos de cachemira y cuando los camellos encontraban el sendero impracticable, continuaban por los cables del teléfono. ¿Acaso has visto alguna nevada que llegue a cubrir los cables, hijo?

            Luis había guardado silencio tras recibir el beso de su madre, más por cansancio que porque de verdad creyese aquella historia. Pero allí seguía sin embargo. Con la nariz roja, el cuerpecito helado y los ojos convertidos en dos pequeñas rendijas que escudriñaban el horizonte hasta allí dónde el cableado se mezclaba con la bruma. Aún aguantó un rato más frente al cristal antes de irse a dormir, aguardando la llegada de su padre, que llevaba toda la tarde encerrado en el pajar, de dónde sólo salía un sonido de serrucho entremezclado con martillazos y brotes de tos. No sabía cómo diantres podía haber escogido aquella tarde heladora para partir leña, si además tenían de sobra arriba. Dormía ya profundamente cuando su padre subió, con un pequeño paquete entre sus heladas manos, que depositó en el alféizar de la ventana antes de irse él mismo a la cama.

            El día había amanecido claro y el paisaje hubiera sido considerado una preciosa estampa invernal por cualquiera que no supiera lo que en realidad era el invierno en un lugar así. La nieve se amontonaba delante de portones y cancillas, y por allí era imposible que nadie hubiera entrado, fue lo primero que pensó Luis. Desganado, acudió a la cocina buscando el calor de la lumbre, y aún tardó unos segundos en levantar la vista y observar junto a la chimenea, en la repisa de la ventana, un pequeño lobo hecho de madera tallada, junto a una pequeña nota manuscrita con un trazo tembloroso, como si la hubiera escrito alguien con mucho frío, que le felicitaba por haber sido un buen niño. Con una velocidad y un ímpetu inauditos Luis se abalanzó contra la ventana, fijó su mirada, y estuvo convencido de que el cable del teléfono estaba algo más flojo que anoche, tal vez incluso se bamboleaba levemente.

            Sus padres, a su espalda, sonreían abrazados, mientras pensaban en que ojalá el sol fundiese parte del hielo y pudieran por fin alcanzar la tienda del pueblo siguiente. Al fin y al cabo la comida no se podía tallar ni traerse caminando sobre un cable.




lunes, 25 de julio de 2016

Ella y el mar.

En una mañana de verano,
prefiero nadar en tu mirada
cuando estás recién levantada
a bucear en el océano.
Saltar al abismo de tu sonrisa,
y poco a poco dejar que me hunda
en tu boca, tan profunda,
y sentir la caricia del mar y su brisa.
Prefiero enterrarme en tu pelo,
y saborear la sal de tu piel.
Refugiarme en tus labios de miel,
de la tempestad de tus caderas.
Navegar por tus olas,
hacer castillos en las sábanas,
y si tengo que ahogarme,
que sea en tu cama,

domingo, 17 de julio de 2016

Batalla del Somme

           En Julio de 1916 tuvo lugar la batalla más sangrienta de la Primera Guerra Mundial. Desde que el asesinato del Archiduque en Sarajevo hiciese estallar la guerra, habían pasado dos largos años en los que tras la invasión inicial de Bélgica y Luxemburgo por parte del ejército alemán, la feroz resistencia aliada había mantenido estable la línea del frente occidental, que en forma de trincheras partía el continente. Dos penosos e interminables años en los que los soldados penaron y murieron golpeados por la artillería, las infecciones y la angustia a ambos lados de aquellas zigzagueantes brechas cavadas en el corazón de Europa.

            En Febrero de 1916, el bando alemán decidió quebrar la línea e inició la Batalla de Verdún, que duraría todo el año llevándose por delante 700.000 almas en una feroz guerra de desgaste. Los aliados, en un intento por dividir las fuerzas alemanas para darle oxígeno a la resistencia francesa en Verdún, decidieron contraatacar.



            El 1 de Julio de 1916 las fuerzas aliadas intentaron romper la defensa alemana a lo largo de 40 km en torno al río Somme. Había comenzado la batalla del mismo nombre. Aquel lejano 1 de Julio por la mañana, miles de soldados británicos trataron de atravesar la enfangada Tierra de Nadie, 20.000 nunca volvieron, más de 30.000 lo hicieron mutilados. El amanecer de aquel primer día de Julio en Francia se tornó rápidamente en un negro ocaso y la muerte extendió su manto sobre el valle del Somme.

            Tras aquel primer día, la Batalla del Somme desgastó y diezmó cruelmente a ambos bandos hasta convertirse en la tumba de 1 millón de hombres. John McCrae había escrito tras el semejante horror vivido un año antes en Ypres:

In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row,
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below.

We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie,
In Flanders fields.

Take up our quarrel with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields.

            Hoy, 100 años después, aún crecen las amapolas en aquellos campos.





jueves, 26 de mayo de 2016

El equilibrista.

                Entre varios bultos y maletas viejas y raídas, y rodeado por varias decenas de pobres diablos como él, Joseph viajaba recostado de mala manera contra la ventanilla. La noche era cerrada y negra y tan sólo de cuando en cuando se vislumbraba algún fogonazo en la lejanía del horizonte, que rápidamente se extinguía. Los ojos del viejo equilibrista, entreabiertos, se perdían a lo lejos inundados de oscuridad, tal vez recordando tiempos mejores; demasiado lejanos ya. Las arrugas de su rostro, prematuramente envejecido como consecuencia de la guerra, enmarcaban una mirada que hubiera hecho enloquecer al más cuerdo y los destellos que el negro páramo enviaba regularmente proporcionaban una profundidad abismal a los surcos de su piel.

             Los pies de Joseph, antaño acostumbrados a acariciar la cuerda fija, parecían ahora dos zuecos de madera insensibles al traqueteo del tren, y su espalda, que solía ser flexible y firme como un junco, sentía poco más allá del tenaz abrazo que el asiento de madera de aquel inmundo vagón le daba. Para Joseph, no dormir era habitual desde que las bombas, los gritos y los golpes en la puerta le hicieron abandonar su casa a la carrera y sin embargo, esa noche era especialmente lúgubre, especialmente triste.

                El antiguo funambulista dirigió su vista a un lado para descubrir que al otro lado del pasillo, había un rostro cansado enmarcado por sucios harapos que aún así era el más bello que recordaba haber contemplado. Se trataba de una mujer joven que llevaba recogido entre trapos en el regazo un pequeño bebé al que trataba de calmar con suaves carantoñas. La mujer dirigió su cristalina mirada hacia Joseph. Joseph respondió con una sonrisa cansada.

                -¿Por qué no duerme usted? – le preguntó la mujer.
             -En estos tiempos conviene mantener alejados ciertos sueños  – respondió Joseph, con un gesto de resignación que decía mucho más que su lacónica respuesta –.

                Joseph cogió un viejo cigarrillo Chesterfield que llevaba sujeto en la solapa de su gastada chaqueta y lo encendió mientras sentía una extraña inquietud recorriendo sus entrañas. La pregunta de la mujer le había hecho recordar los horrores de los que era incapaz de huir cada vez que cerraba los ojos, y sin embargo era aquella pequeña criatura que viajaba con su madre la causa de su desasosiego. Aquellas pequeñas manos de algodón le hacían recordar al hijo que nunca engendró y aquella mujer le estaba haciendo pensar en todas las mujeres con las que nunca volvió, tal era la vida del artista itinerante.

                -¿Podría tal vez preguntarle su nombre? – susurró Joseph tenuemente.
            -Me llamo Sophia. ¿A dónde tiene usted pensado dirigirse cuando el tren nos deje en el campo de refugiados? ¿Tiene familia en algún país fronterizo? – fue su respuesta.
                -Nunca tuve familia y, si le digo la verdad, no sé muy bien a dónde voy ni por qué, en ningún sitio me echarán de menos y en ningún sitio seré acogido –Joseph hablaba invadido por una cruel melancolía – la gente no va al circo en tiempos de guerra.

               La oscuridad más cegadora inundó el vagón al adentrarse en un túnel, debían estar ya alcanzando la cordillera, y algún pasajero se revolvió inquieto en su asiento. Joseph empezaba a preguntarse otra vez por qué demonios era necesaria tanta molestia e incomodidad con el único fin de irse a morir más lejos. En la cabeza del artista bailaban las ideas unas con otras tal y como él solía hacer en el columpio, y el recuerdo de la familia que nunca tuvo y que siempre quiso olvidar le empezaba a devorar internamente.

               -A mi hijo le gustará ir al circo cuando todo esto pase – la cálida voz de Sophia se derramó sobre sus oídos, sorprendiéndole.
               -¿Disculpe? – inquirió Joseph, de manera ausente.
               -Decía usted que la gente no va al circo en tiempos de guerra. Sería una lástima que no queden circos cuando pase la guerra.

        Joseph aspiró una última y profunda calada de su cigarro y la brasa iluminó fugazmente el compartimento como una luciérnaga en medio del bosque, permitiéndole por un instante percibir las sombras de otros taciturnos viajeros, si podía llamarse así a un pobre puñado de harapientos, que dormitaban apoyados unos contra otros. Tras un breve silencio, Joseph respondió, por fin:

            -No creo que ninguna guerra pueda evitar que existan circos mientras queden niños con ilusión dispuestos a acudir a ellos, Sophia.
                -Pero será preciso que queden hombres dispuestos a actuar en ellos – interpuso ella velozmente – tal vez sí que pueda haber quien le echara de menos llegado el caso, al fin y al cabo.

                 Joseph posó su mirada sobre los ojos azules de Sophia y esbozó una sonrisa que por primera vez en muchos meses era sincera.

                 -Será un placer actuar una vez más si usted promete venir a verme con su hijo – contestó finalmente el viejo hombre.

               Sophia asintió elocuentemente y clavó sus zafiros en los ojos de Joseph mientras sus labios dibujaban una sonrisa.

        El tren parecía estar pasando sobre un tramo de vía en mal estado y los engranajes de aquel desvencijado convoy protagonizaban un concierto de quejumbrosos sonidos. Nada de aquello molestaba ya a Joseph. Poco a poco, a través de los cristales, llegaban las primeras luces del amanecer y el viejo acróbata pudo darse cuenta de que Sophia y su hijo dormían plácidamente. No pasó mucho tiempo antes de que él, ajeno a la pólvora que dejaba atrás, cayese en un profundo sueño, un sueño que no había esperado volver a conciliar nunca.


           Tal vez, antes de dormirse definitivamente, Joseph pensó en lustrosas carpas, imponentes fieras, hábiles malabaristas y simpáticos payasos. Tal vez soñase con la mirada de una mujer valiente junto a su hijo, deslumbrándole desde el graderío más que los propios focos. Tal vez tanta molestia e incomodidad siguiese mereciendo la pena, al menos un tiempo más.

domingo, 3 de enero de 2016

El sabor de tus besos

Haber olvidado el sabor de tus besos
es sentir el frío mordiéndome los huesos,
elegir un destino sin esperar un regreso,
llevando en la maleta mi corazón desierto.
Mi vida sangra con el paso del tiempo,
quizá nunca supe ver el momento.
El reloj se seca, ¿qué estoy haciendo?,
el tren se escapa, ya está en movimiento,
el humo se esfuma, es cierto, no miento.
Tu aroma, la bruma, mañanas de invierno,
ojalá me matasen pero yo ya estoy muerto,
no siento, no oigo, también estoy ciego
romper tu recuerdo es todo lo que intento.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

El otoño de París

            Aquella tarde de octubre, París era la ciudad de la oscuridad. Su mirada perdida enredaba sus ideas entre las hojas que el otoño había arrancado de los árboles. Aún no sabía muy bien el qué, ni por qué, pero algo se le había arrancado dentro a él también; y no había sido el otoño.

            Se preguntó si entre los miles de libros que los paseantes, despreocupados, hojeaban a orillas del Sena, habría alguno que pudiera decirle si se puede añorar lo que nunca se ha tenido. Pero ya conocía la respuesta. 

            Le sangraba el tiempo cuando no estaba con ella, sentía que podía morder su ausencia. Las nubes se cerraron, macabra coincidencia, y el cielo, gris, empezó a llorar lo que él hubiera querido. Entre millones, una gota cayó al río, y al verla desparecer lo supo. Por no haberla buscado, la había perdido.    
     
            Y al verla hundirse, sin embargo y aunque no pudiera salir de su letargo, observó que la gota no había desaparecido. Aunque ya no la viera, mezclada con la corriente, seguía existiendo. También seguía lloviendo. Quizá se lamentase por lo que no tenía, pero podría, tal vez, encontrarlo aún algún día.





martes, 29 de diciembre de 2015

Una última vez

            Hace poco que ha empezado a amanecer en Berna, el sol aún no se alza demasiado y sus rayos, todavía tímidos, envuelven las gélidas montañas suizas con un halo hechizado. Se trata de una de esas mañanas invernales en las que el aire helada corta y al mismo tiempo el sol templa la piel y empieza a fundir la escarcha; el ambiente es casi mágico.

            Fabian Cancellara observa a través de su ventana y el reflejo del paisaje en sus ojos le da un fulgor especial a su mirada. Poco a poco va pertrechándose para uno de los primeros entrenamientos de la que va a ser su última temporada profesional. Culote, maillot, guantes, manguitos, casco, gafas, botas. El mismo ritual una vez más, después de tantos años. Espartaco cierra los ojos un instante, tal vez piense en las miles de veces que ha hecho esto a lo largo de su vida, al fin y al cabo una vez más es sólo una lágrima en el océano. Sin embargo, el océano en el que Cancellara nada es ancho, profundo e imponente.

            A finales de siglo Fabian era sólo un joven suizo de ascendencia italiana que daba sus primeras pedaladas en la élite mientras Johan Museeuw, el León de Flandes, dominaba las clásicas del Norte y el recuerdo del avasallador dominio de Indurain estaba aún fresco. Fue a él, al prodigio de la naturaleza navarro, a quién primero quiso parecerse Cancellara, así que decidió ser Campeón Mundial de Contrarreloj Junior en 1998 y 1999, y estrenó el siglo quedándose a 23 segundos de serlo en la categoría sub23, con 19 años. Una nueva estrella había nacido y su luz empezaba a deslumbrar.

            No tuvo que demostrar mucho más para que el equipo más potente de la época, el Mapei, apostase por él y le hiciera profesional en el año 2001. Las victorias empezaron a llegar: Vuelta a Rodas, etapas en Austria, Campeonato Suizo Contrarreloj, GP Eddy Merckx… así pasaron los años iniciales. Enrolado en el Fassa Bortolo tras la desaparición del Mapei siguió haciendo lo que mejor se le daba: ganar allá dónde iba. Ganó etapas en Romandía, Austria, Suiza, volvió a ser Campeón Suizo, fue bronce en el Campeonato Mundial Contrarreloj, ganó el primero de muchos prólogos en el Tour de Francia, ganó en la París Niza y ganó en Cataluña, pero la París Roubaix se cruzó en su camino. En la primavera de 2005, Fabian luchó en el Infierno del Norte pero el calor fue sofocante, las piernas le pesaron, y un genio llamado Tom Boonen nació arrasando con todo a su paso. Fabian sólo pudo ser octavo, muy lejos del belga. Cancellara ya era una estrella, pero él quería ser leyenda.

            En el año 2006, volvió a Roubaix. Boonen portaba el maillot arcoíris y lanzó una terrible ofensiva sobre los adoquines del bosque de Aremberg. Pero Fabian resistió. El velódromo estaba casi 100 km más lejos, la carrera se preveía agónica, Boonen era un rival imponente y el Infierno del Norte estaba dispuesto a devorar ciclistas entre polvo, tierra, piedras y sangre, pero aquel día, el Infierno era suizo. Cancellara resistió todos los ataques hasta que fue él el que decidió desatar la tormenta. Poco a poco, pedalada a pedalada, adoquín a adoquín, fue dejando atrás a todos sus rivales. Destrozó los caminos pedregosos, y sembró de fuego el camino, resistió el dolor y se lo infligió al resto, hasta que llegó a Roubaix en solitario y por fin pudo alzar los brazos, había sobrevivido al Infierno. La leyenda había nacido.

            Desde entonces la carrera de Fabian ha sido monótona: victorias legendarias y cabalgadas épicas, la sensación de ser invencible, la subordinación de los rivales ante una fuerza superior. Los 4 Campeonatos del Mundo Contrarreloj, récord aún vigente, el doblete Roubaix-Flandes en 2010, destrozando al pelotón a kilómetros de meta y venciendo él solo al mundo, la etapa de Compiégne en el Tour 2007 sometiendo a todo un pelotón en la recta de meta a base de fuerza y rompiendo el sprint, el maillot amarillo, los éxitos en España, su desafío a la lógica ganando la Milán San Remo en 2008 y su empeño en no bajar del podio en ella tratando de evitar lo inevitable, la temporada 2013, con su victoria en Harelbeke yéndose sólo a 40 km de meta, avisando de lo que iba a hacer en Flandes y Roubaix y haciéndolo aún así, de nuevo.


            Las victorias y el palmarés del suizo son infinitas, no obstante una leyenda no se basa en el qué y sí en el cómo, y el cómo de Fabian ha sido epopeya. Lucha contra el dolor, demostraciones de fuerza arrolladoras, desafíos inverosímiles, tenacidad, perseverancia en lo imposible hasta hacerlo posible, una tempestad agitando con violencia las aguas de un mar en calma.


            Fabian abre los ojos y se pone en pie. Cualquier recuerdo podría cruzar su imaginación, pero es posible que en su cabeza esté su familia, su hija al salir del colegio, su mujer y su segunda hija esperando al calor del hogar. Fabian está cansado, tiene ganas de que todo termine. Sin embargo queda un año hasta que su luz se extinga, un año para disfrutar de la leyenda. Fabian monta en su bici y sale a la carretera. La tormenta aún puede rugir una última vez.